Hind Rajab tenía apenas cinco años cuando fue asesinada por el ejército israelí. Fue la última en morir entre los seis miembros de su familia que evacuaban la ciudad de Gaza, bombardeada incesantemente. El carro en que se movilizaban recibió 355 impactos de bala. Después de la masacre, la ambulancia que intentó llegar al lugar para auxiliarlos fue atacada por un tanque.
Esto ocurrió el 29 de enero de 2024, pero la tragedia de Hind es cotidiana en Gaza. Nadie sabe ya, después de dos años de destrucción meticulosa, cuántos muertos palestinos ha provocado el incesante ataque militar, la hambruna inducida, la destrucción del sistema de salud y la tortura sistemática.
Nadie podrá narrar por completo el horror que ha sucedido, y que sigue ocurriendo. Las palabras y los números pierden sentido cuando hay madres que ven apagarse la vida de un bebé al que se le niega el alimento o un hijo herido por un francotirador.
Sin embargo, para dimensionar el crimen, recordemos que hasta las cifras más conservadoras hablan de más de 67 mil muertos, entre ellos más de 20 mil niños y niñas. Todos los hospitales han sufrido ataques, y solo unos pocos siguen funcionando con enormes limitaciones. El hambre mata cada día: los sionistas bloquean la comida y disparan indiscriminadamente contra quienes hacen fila para conseguirla.
A los asesinados se suman decenas de miles de detenidos, violaciones masivas, torturas constantes y la negación de los más elementales derechos humanos. Es, en todo rigor, un genocidio: la extinción deliberada y cruel de un pueblo entero, ejecutada por un régimen de ocupación que desde hace 77 años invade una tierra que le era ajena, y que se mantiene gracias a las mentiras, a las interpretaciones aviesas de la religión y al apoyo militar, político y mediático de las potencias imperiales y coloniales: Estados Unidos y la Unión Europea.
No hay que confundirse. No se trata de un arrebato ni de un acto de insensatez del actual gobierno israelí. Lo que ocurre es un plan meticuloso, diseñado para “limpiar” la tierra robada de sus habitantes y de su historia. Cada acto de violencia pasa antes por un escritorio, por un proceso de decisión burocrática que involucra a todas las instituciones del Estado; y, consumado el crimen, por un sistema de encubrimiento y justificación que arrastra a medios de comunicación, cortes judiciales y un cuerpo de intelectuales cómplices. Todos ellos son tan responsables como el soldado que dispara, viola, tortura o bombardea.
¿Cómo puede suceder esto ante los ojos de la llamada “comunidad internacional”? ¿Por qué continúa a pesar del rechazo de los pueblos del mundo?
La supremacía moral con que se presentaba la llamada civilización occidental se ha derrumbado. Su mundo de “libertades individuales” era una farsa, pues solo aplicaba a quienes tenían un color de piel, una nacionalidad y una ideología específicas. El llamado “orden basado en reglas” quedó al desnudo: sus propios mecanismos legales, sus discursos y sus instituciones internacionales hacen caso omiso —o son directamente cómplices— del horror.
Como señaló Noam Chomsky, todos los presidentes de Estados Unidos han sido criminales, y todos los primeros ministros de Israel también. Es cierto que Netanyahu es un criminal particularmente cruel, pero sus acciones son coherentes con las de sus predecesores y aliados.
Ya no les queda justificación ni excusa plausible. Su más reciente “plan de paz”, presentado por los personeros del genocidio —Netanyahu y Trump—, es más bien un plan de pacificación forzada: no ofrece respuestas a la centenaria invasión europea de Palestina, ni a la destrucción de sus medios de vida, ni a la negación de sus derechos. Repite promesas rotas, mantiene la presencia del ejército ocupante y niega completamente la posibilidad de un Estado propio.
No hay que equivocarse: este genocidio se basa en la misma doctrina inhumana que exalta el capital sobre las personas, en el racismo que justifica la tortura de los migrantes en Estados Unidos, en la actitud imperial que sostiene la Cuarta Flota que amenaza a Venezuela, y en el desprecio estructural por los pueblos del Sur y sus culturas.
Por eso debemos recordarlo con claridad: el destino del pueblo palestino es también el nuestro. Su desgracia es la nuestra; su liberación, será también la nuestra.
Necesitamos redoblar la solidaridad efectiva: con protestas, boicot, denuncia internacional y presión desde los pueblos.
Tengámoslo claro: a pesar de tanta muerte, no podrán derrotar al pueblo palestino. El más digno del mundo, el más resistente, el más hermoso. No podrán arrancarlo de su tierra ni borrar su cultura milenaria. ¡Vencerá!
Fadwa Tuqan, la gran poetisa palestina, lo expresó con palabras que ningún arma puede silenciar:
Es suficiente para mí
morir en su tierra,
ser enterrado en ella,
derretirme y desaparecer en su suelo,
luego brotar lejos como una flor
con la que juega un niño de mi patria.
Es suficiente para mí permanecer
en los brazos de mi tierra,
estar en ella como un puñado de polvo,
una hoja de césped,
una flor.



