“Haremos chillar la economía”,
dijo Richard Nixon en 1970 al referirse a Chile.
Con esa frase lapidaria anunciaba la estrategia del imperialismo norteamericano para derrumbar al gobierno de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende. El método fue claro: asfixiar al país mediante el sabotaje económico, el aislamiento diplomático y la desestabilización política. Medio siglo después, ese mismo libreto se repite contra Venezuela. Cambian los escenarios, los protagonistas y los tiempos, pero la lógica imperial permanece intacta: destruir cualquier intento de soberanía que desafíe los intereses de Washington.
En el caso venezolano, la ofensiva ha sido sistemática: campañas internacionales para desacreditar un proceso popular, financiamiento de partidos opositores con fines golpistas, llamados abiertos a la intervención extranjera, guerra económica, sanciones que bloquean la importación de alimentos y medicinas, y hasta la proclamación de un “presidente interino” fabricado desde el Departamento de Estado. A eso se suman amenazas militares que, aunque disfrazadas de “opciones sobre la mesa”, constituyen agresiones abiertas contra la soberanía de un pueblo.
¿Qué ha hecho Venezuela para merecer semejante hostilidad? Su “delito” ha sido atreverse a poner sus recursos al servicio de la nación y no de las transnacionales. Fue el chavismo quien, desde 1999, inició un proceso que redistribuyó la riqueza petrolera, hasta entonces capturada por trasnacionales y una élite reducida. Fue el chavismo el que llevó alfabetización a millones de adultos con la Misión Robinson, salud gratuita en los barrios con el programa Barrio Adentro, viviendas dignas para más de cuatro millones de familias a través de la Gran Misión Vivienda Venezuela, y universidades abiertas a quienes antes eran excluidos. Ese conjunto de logros sociales sacó a millones de la pobreza en la primera década del proceso bolivariano.
Pero más allá de los indicadores sociales, el chavismo impulsó una verdadera transformación cultural. Venezuela dejó de ser vista como una nación frívola, reducida a concursos de belleza, novelas de exportación o la fascinación por la industria automotriz estadounidense. El pueblo venezolano redescubrió a Bolívar, a Simón Rodríguez, a Zamora, y comenzó a reconocerse como heredero de una historia de luchas emancipatorias. En lugar de la admiración servil hacia el Norte, se rescató la dignidad y la conciencia política de un pueblo que hoy habla en clave de soberanía.
Ese despertar popular explica por qué los planes de Washington han fracasado una y otra vez. A pesar de la guerra económica, del desabastecimiento inducido y del bloqueo financiero, el chavismo ha ganado la mayoría de las elecciones de los últimos 25 años. Solo cuando el recurso democrático falló, el imperio y la oligarquía local recurrieron a la amenaza armada, al reconocimiento de gobiernos ficticios y al llamado desesperado a una invasión extranjera.
Es un cinismo monumental que el mismo imperio que ha arrasado Palestina con su complicidad, que lanzó bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, que mantuvo durante décadas la segregación racial en su propio territorio, y que entrenó en la Escuela de las Américas a torturadores de Guatemala a Chile, pretenda hoy dictar cátedra de derechos humanos a Venezuela. ¿Con qué autoridad moral puede Estados Unidos hablar de democracia cuando su historial está manchado por golpes de Estado, invasiones y dictaduras sangrientas impuestas en todo el continente?
Pese a esa presión, Venezuela resiste. Hoy, tras los años más duros del bloqueo, la economía muestra señales de recuperación: diecisiete trimestres consecutivos de crecimiento, más del 90% de los alimentos producidos localmente, y comunas que emergen como alternativas reales de organización económica popular. El país que intentaron asfixiar demuestra que es posible levantarse y reconstituir un modelo productivo desde dentro, apoyado en la creatividad y la conciencia de su gente.
La amenaza contra Venezuela no es un hecho aislado: es una advertencia a toda América Latina. Cada vez que un pueblo intenta recuperar sus recursos, levantar su soberanía y caminar con independencia, el imperio responde con sanciones, golpes o invasiones. Lo hizo en Cuba en 1962, Chile en 1973, en en Honduras en 2009, Nicaragua el 2018, y pretende hacerlo hoy contra Caracas. Como lo recordó Fidel Castro, frente a las amenazas del Norte: “César, los que vamos a morir te saludamos”. Fue una ironía punzante, pero también una advertencia: los pueblos de este continente no se arrodillarán sino que morirán ante de arrodillarse.
Si tocan a Venezuela, nos tocan a todos. Defender la soberanía venezolana es defender la dignidad de América Latina entera. La resistencia bolivariana es más que un asunto interno: es un faro que ilumina el camino de quienes creen en la autodeterminación, la justicia social y la unidad de los pueblos. Frente a la agresión imperial, el deber de las fuerzas populares de la región es claro: la solidaridad activa, la denuncia constante y la organización para impedir que el futuro de nuestra América sea decidido en los pasillos del Pentágono.
Venezuela no está sola. Su lucha es la nuestra. En cada barrio, en cada fábrica, en cada movimiento popular que levanta la voz contra el imperialismo, resuena la certeza de que ningún poder, por grande que sea, podrá doblegar la voluntad de los pueblos cuando deciden ser libres.
