Por José Llopis
Después del Golpe de Estado del 28 de junio de 2009, la oligarquía y sus aliados políticos en el bipartidismo buscaron, por diferentes medios, ampliar los mecanismos de explotación y apropiación de la riqueza. En efecto, la profundización del modelo neoliberal pretendía modelar su proyecto de Estado y país, el cual no contemplaba, en ningún momento, el desarrollo amplio de las fuerzas productivas, intensificar un capitalismo más dinámico o transformar, en cierta medida, la estructura productiva nacional. Todo lo contrario, la oligarquía solamente ha tenido como horizonte económico y político convertirse en un eslabón funcional al capital extranjero.
¿Qué noción nos ayuda a entender este fenómeno? La tradición de pensamiento crítico latinoamericano nos da algunas pistas. Y es que la superexplotación de la fuerza de trabajo, entendida como el proceso por el cual se recurre a extender la jornada trabajo, intensificar su ritmo y pagar salarios por debajo de valor necesario para su reproducción social, es un rasgo característico por décadas de las economías capitalistas de la región. De esta manera, las oligarquías latinoamericanas, como la hondureña, han tenido como única vía de desarrollo ampararse en esta superexplotación.
Así, el proyecto de país, desde la óptica de las élites, consistía en aumentar las ganancias a través de la intensificación de la explotación, ya fuera por incremento de las horas de trabajo por el mismo pago —es decir, plusvalía absoluta— o la adopción de cambios tecnológicos que hicieran más intenso el ritmo de jornada —explotación basada en la plusvalía relativa—, asumiendo la deslocalización limitada y fragmentada de la producción de ciertas industrias de los países del norte hacia los nuestros como única vía de desarrollo y el pago de salarios bajos como «estrategia de incentivo para la inversión nacional y extranjera».
Por otra parte, dicho proyecto, bastante cómodo intensificando la explotación de esta fuerza de trabajo, también apostó fuertemente por acumular capital por otras vías. Así, se profundizó la mercantilización de los activos públicos y los medios de vida; la financiarización de la economía, el acaparamiento del dinero producido por los migrantes y enviado a nuestro país, procesos englobados en una extracción agresiva de la riqueza socialmente producida. Y, en cierta medida, lo lograron: Honduras representa ese capitalismo rentista basado en el consumo, dependiente económicamente, con una clase dominante acaparadora de mercados clave de acumulación de capital a partir de la concentración económica.
Sus resultados se ven a la vista. En primer lugar, en términos laborales, la extracción de plusvalía opera en un mercado de trabajo en el que prácticamente 7 de cada 10 asalariados se encuentra en algún nivel de precariedad laboral; es decir, carecen de al menos un tipo de derecho básico asociado a su condición de trabajo. Así, tenemos a personas trabajando por años sin tener nunca un contrato formal, acceso a seguro social o vacaciones como lo contempla la ley. En este sentido, tener un trabajo —no un empleo que garantice derechos—, apenas implica obtener ingresos por debajo de lo mínimo para subsistir.
En segundo lugar, Honduras es un país, contrario a lo que predica la ideología dominante, donde las horas de trabajo son amplias e intensas. En términos generales, las personas trabajan más de 45 horas semanales, evidencia empírica que derriba todo relato acerca de que a las personas «no les gusta trabajar», esgrimido por los sectores conservadores.
En tercer lugar, si lo vemos desde la informalidad, prácticamente, más del 60 % de la población trabaja en informalidad, en pequeñas unidades productivas o como cuenta propia, lo cual es funcional a la dinámica capitalista ya que este trabajo opera asumiendo los costos de su reproducción como fuerza de trabajo.
En cuarto lugar, las tendencias del comportamiento del salario en Honduras muestran un hecho claro: progresivamente, los salarios pierden su poder de capacidad de compra. En otras palabras, los salarios apenas permiten que la clase trabajadora pueda subsistir y reproducirse. La reducción del poder adquisitivo se refleja en que, entre el periodo del 2001 al 2017, al analizar los salarios reales se aprecia que su crecimiento fue de apenas un 107.2 % —pasando de L1,314.69 en 2001 a L2,724.38 en 2017—. Efectivamente, el crecimiento promedio anual del salario mínimo real fue del 4.7 %, dicha cifra es inferior en 6.4 % con respecto al salario nominal. En otras palabras, la clase trabajadora durante el ciclo de políticas neoliberales previo y después del Golpe de Estado de 2009 percibió salarios con un poder de compra cada vez menor.
La otra cara de este fenómeno de agresiva explotación de la fuerza de trabajo es que la subsistencia en Honduras está ampliamente ligada a la mercantilización de los medios de vida. Así, con sistemas de salud y educación débiles, telefonía semiprivatizada y servicios de transporte tercerizados, prácticamente para una familia hondureña reproducirse socialmente es un acto de continua explotación y adquisición de bienes y servicios continuamente encarecidos. Por lo cual opera un ciclo que impulsa el continuo endeudamiento de las familias trabajadoras para poder solventar sus gastos
Precisamente, en este espacio de pobreza y explotación de la fuerza de trabajo, aparece la excesiva concentración de riqueza como la otra cara de este proceso. Dicha concentración es reconocida incluso en estudios de instituciones financieras internacionales. El Banco Mundial señala que el 1% más rico del país recibió aproximadamente el 30% del ingreso nacional neto. A medida que ese 1% se va acercando a los super ricos, es decir el 0.01%, encontramos que la mayoría de sus ingresos son por rentas de capital. Si tomamos otra forma de medición, como es el caso de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), encontramos cómo concentran riqueza el 1 % de mayores ingresos de la población encontrando la misma tendencia: una concentración de la riqueza alarmante. En otras palabras, el 1% más rico de la población en Honduras captó una proporción significativamente mayor del ingreso nacional (17.8 %) que la mitad más pobre del país (10.3 %), casi duplicándola, como aparece en la gráfica a continuación.
Gráfica 1. Participación del 1 % superior y el 50 % inferior en la distribución del ingreso nacional

En efecto, la excesiva concentración de la riqueza tiene entre sus principales fuentes la superexplotación de la fuerza de trabajo y el acaparamiento de la riqueza mediante el control de espacios de acumulación estratégicos. Y esa ha sido la apuesta histórica de la oligarquía en este país.
Tomado de revista Trabajo, No 1 (1 mayo 2025), 26-28.