Puede resultar fácil escandalizarse con la noticia de la segunda victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses, por el triunfo del anarco-capitalista Javier Milei en Argentina o por el respaldo de grandes capas de población brasileña al expresidente Bolsonaro. Se puede llegar a pensar que los grupos humanos que se adscriben a ideas, a todas luces opresivas, forman parte de la añeja y recalcitrante derecha de antaño, que tanto atormentó nuestras mentes y políticas a través de sus campañas anticomunistas, o antiprogresistas, que han transcendido bastante bien en el tiempo, incluso después del fin de la Guerra Fría.
Si bien, un sector poblacional sí responde a partidos y agrupaciones conservadoras de la vieja usanza, también han surgido (o reencarnado) nuevos grupos, con características marcadamente modernas, que se adhieren a las ideas conservadoras, antiderechos, xenófobas, misóginas y discriminatorias, y lo hacen desde lugares y medios poco convencionales.
Si antes la propaganda se diseminaba mayoritariamente a través de los medios de comunicación tradicionales, como la radio, los periódicos o los programas informativos, ahora es TikTok, Instagram, foros famosos como Reddit o 4chan, películas y podcast, , los que conjugan un ecosistema que promueve una vorágine de pensamientos convulsos y, si se ve desde lejos, poco organizados, pero que construyen día a día la forma de pensar de miles de personas en todo el mundo; y está particularmente centrada en captar a hombres jóvenes.
Pero, ¿por qué es importante hablar de lo que pasa en internet en momentos donde la “vida real” nos supone mayores problemas? ¿acaso lo que pasa en internet no tiene repercusiones en la vida real? Claramente la respuesta es sí. Aunque a simple vista no parezca tan evidente, internet, hoy en día, es uno de los espacios más influyentes sobre la política global. En sus foros, posteos, videos y lives se discuten continuamente toda clase de posturas geopolíticas, culturales y sociales. El problema radica en que una gran parte del contenido que se produce está cuidadosamente diseñado para atraer, a través del discurso reaccionario y de odio, a la mayor cantidad de personas decepcionadas del sistema capitalista.
Lamentablemente, esta decepción sobre las condiciones de vida a las que nos enfrentamos no necesariamente se traduce en más movimientos revolucionarios que quieran cambiar el capitalismo. Por el contrario, en muchos casos, el descontento es canalizadopor la burguesía que responzabiliza de los problemas a cambios sociales y culturales y reclama una felicidad original vinculada al orden de la sociedad dividia en clases, loslos roles tradicionales de género, el temor a un dios que castiga, la pobreza como azar del destino y el consumo como paradigma de bienestar.
En ese sentido la defensa del pasado se regodean en el odio a los migrantes, a los rebeldes, a las mujeres, los pobres, las personas LGBTIQ+, y constantemente validan sus posturas conservadoras como la expresión máxima de vuelta a los valores tradicionales.
¿A quien reclutan estos mensajes de odio?
Los estudios al respecto demuestran que las poblaciones más susceptibles a vincularse y replicar esta clase de discursos suelen ser hombres jóvenes. Además, en una proporción importante, el primer acercamiento a estos grupos se da al buscar información sobre como relacionarse con mujeres, qué hacer ante el rechazo o formas para dejar de estar solos. Esta vulnerabilidad, sumada a los estereotipos de masculinidad (estoicos, resolutivos, solventes económicamente, atractivos, dominantes, líderes y poderosos) los pone una situación en la que fácilmente pueden sentirse atraídos a discursos que los validen, no importando si esta validación es a costa de denigrar a las mujeres.
Las consecuencias de esta peligrosa vuelta al conservadurismo no se quedan en la red, tienen sus más infames manifestaciones en la realidad palpable de cada una de nosotras y nosotros. Las políticas sociales implementadas, con mucha más saña, en el segundo mandato de Donald Trump —como las leyes antimigrantes, las leyes anti LGBTIQ+, el retroceso en el derecho al aborto, la censura sistemática de clásicos de la literatura—, los abusivos aranceles que sacuden a las economías dependientes a Estados Unidos, el debilitamiento de la democracia, la participación activa y aval al genocidio contra el pueblo palestino, son claros ejemplos de que las nuevas herramientas de la derecha están dando frutos.
Make America Great Again no solo resuena en Estados Unidos y se vitorea en Argentina, sino que también llega peligrosamente a Honduras de la mano de los candidatos de la derecha tradicional. Nuestras instituciones, que luchan constantemente por mantenerse de pie sin ser privatizadas, podrían estar en peligro de desaparecer, como se ha visto con la implementación de políticas de extrema derecha en Argentina. Y si este país suramericano actualmente se encuentra bajo el mandato de Javier Milei, es gracias al descontento de la población y del buen marketing digital de la derecha.
Poner nuestra atención en lo que pasa en las redes sociales puede parecer una empresa perdida, pero los mecanismos del capitalismo se actualizan, nos hablan de formas más amigables, divertidas, en formatos más lúdicos y apelando a nuestras más profundas inseguridades, enojos y prejuicios. La derecha sabe aprovechar bien estas oportunidades, y está captando a cada vez más jóvenes, que no son dos o tres raros aislados de la sociedad, que se agrupan en espacios online, en donde no los vemos, pero sus acciones pueden llevar a personas nefastas a convertirse en líderes políticos, referentes morales, o presidentes de lois países.
