Delgado pero recio, trigueño, de mirada punzante. Hijo de una campesina y de un comerciante, del pueblo de Niquinohomo, Nicaragua, fue encargado de almacén en una mina en San Albino, obrero en Honduras, trabajador petrolero en Tampico, México, y también mecánico y operario de maquinaria pesada.
Augusto C. Sandino —porque de él hablamos—, un hombre en quien podríamos vernos reflejados nosotros o nuestros padres, derrotó militar y políticamente al imperio más grande de la historia contemporánea: Estados Unidos.
¿Cómo lo hizo? ¿Qué fuerza lo impulsó? ¿Qué raíces tenía su rebeldía? ¿Qué nos enseña hoy su ejemplo?
Aquellos eran tiempos sombríos: campeaba entonces la Doctrina Monroe en América Latina. La intervención norteamericana no llegaba —como ahora— disfrazada de McDonald’s, los Avengers y el resto del formidable aparato ideológico, financiero y político, sino directamente con fusiles y bombas.
Entre 1898 y 1934, América Latina fue intervenida más de 30 veces por el ejército de Estados Unidos. Honduras fue ocupada al menos siete veces, entre 1903 y 1925. México había perdido ya más de la mitad de su territorio tras la guerra de 1846-1848; Cuba vivía bajo la tutela de la Enmienda Platt, que permitía bases militares yanquis; Puerto Rico vivía ya su ocupación colonial tras ser anexado en 1898, y en Haití, República Dominicana y Panamá los marines imponían gobiernos a su medida.
Así pasó en Nicaragua, donde, con la excusa de proteger los intereses de empresas estadounidenses y garantizar la “estabilidad”, el ejército norteamericano ocupó el país en 1912. Luego, en medio de una guerra civil entre liberales y conservadores, Estados Unidos intervino nuevamente y forzó un “acuerdo de paz” conocido como el Pacto del Espino Negro, firmado en 1927, que permitía la permanencia de tropas estadounidenses en suelo nicaragüense.
Para muchos fue el fin de la resistencia. Para Sandino, fue el comienzo de la epopeya.
Sandino organizó su Ejército Defensor de la Soberanía Nacional con campesinos humildes: héroes anónimos, agricultores de maíz y frijoles, comerciantes, artesanos, y también intelectuales comprometidos. Entre ellos, algunos hondureños que cruzaron la frontera para abrazar la causa centroamericana.
No estaban solos. Su retaguardia era invencible: eran las montañas de Las Segovias, y más importante aún, un pueblo solidario que los alimentó, los cuidó, los cobijó y les dio aliento en cada jornada.
Frente a ellos, los marines estadounidenses, pesados y lentos, entrenados para avasallar, pero no para pelear con alma, eran vulnerables. No luchaban por amor, sino con asco. No defendían su tierra, ni a su gente.
En seis años de resistencia (1927–1933), Sandino y sus hombres agotaron el espíritu de combate del ejército más poderoso del continente.
La magnitud de la derrota del imperialismo no se mide solo en combates perdidos, sino en lo que significó para la historia: una potencia mundial fue obligada a retirarse, humillada, sin lograr someter a un ejército de campesinos mal armados, pero decididos.
¿Dónde está Sandino hoy?
Algún cínico conservador podría preguntarnos: ¿cuál es el valor de su lucha y su sacrificio? ¿Para qué sirvió tanta sangre? ¿No sería mejor rendir las banderas y aceptar nuestra supuesta debilidad? Pedir, como lo hacen los cachurecos, la anexión. Celebrar, sin vergüenza, la humillación de nuestros hermanos migrantes en tierras extranjeras.
Y la respuesta es clara: la soberanía no es un lujo ni un símbolo de orgullo. Es una necesidad histórica para superar la miseria.
Así lo es hoy en Nicaragua, donde —a pesar de bloqueos y campañas de desinformación— el pueblo construye con esfuerzo un camino propio. Avanza hacia la soberanía alimentaria, mantiene uno de los sistemas de salud pública más sólidos de Centroamérica, garantiza educación gratuita y ha desarrollado una política internacional independiente y soberana.
El pueblo hondureño también ha decidido transitar un camino de desarrollo propio. No será fácil. Es un camino con dificultades y enemigos. Pero tenemos un ejemplo luminoso de dignidad en nuestros hermanos nicaragüenses, y en la historia que compartimos con ellos.
Los poderes imperiales no tienen amigos: tienen intereses. Y no importa cuán dócil se muestre un gobierno, o cuán obsecuentes sean algunos funcionarios, no hay atajos ni caminos de rosas hacia la libertad y prosperidad , y menos aún en un momento en que América Latina es vista como el patio trasero de los grandes capitales.
Como dijo Sandino:
“La soberanía no se discute, se defiende con las armas en la mano.”
