“Estados Unidos ha entrado en una fase en la que sus acciones son cada vez más erráticas, en su intento de retrasar la inevitable pérdida de hegemonía” advierte Alastair Crooke, exdiplomático británico y analista internacional.
Y es que los momentos finales de las hegemonías suelen tener algo de tragedia y también de comedia: se multiplican los discursos delirantes, las apuestas imposibles y los liderazgos estrafalarios. Lo vimos en la Roma tardía, lo presenciamos en la Alemania nazi y lo vivimos hoy con el imperio estadounidense y sus bufone europeos.
En ese contexto surge la llamada “derecha libertaria”, una corriente política que se presenta como novedad, pero que en realidad es apenas un intento desesperado por darle oxígeno a un sistema que se asfixia. Su naturaleza es clara: predica un individualismo extremo, glorifica al mercado como juez supremo de la vida social, niega el papel del Estado y promueve un culto a la acumulación ilimitada y a la opulencia como ideales de vida. No es un proyecto alternativo: es el último recurso de un capitalismo que ya no logra sostenerse en sus propias bases.
Atilio Borón lo resume con claridad: “cuando el capitalismo entra en crisis estructural, necesita nuevas máscaras ideológicas que disimulen su decadencia”. La derecha libertaria es, justamente, esa máscara de último momento. Pretende vender la idea de una libertad absoluta que nunca existió, mientras oculta que lo que en verdad se busca es asegurar los privilegios de las élites en medio del derrumbe.
Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil y Milei en Argentina encarnan esta agenda. Personajes que combinan espectáculo mediático con discursos simplistas y violentos, que apelan a las emociones más primarias y a la frustración de millones. No es casual que en Honduras, un político como Salvador Nasralla intente copiar este libreto: discursos contra “la política tradicional”, ataques al Estado y promesas de redención individual, cuando en realidad se trata de una sumisión plena a los intereses de la oligarquía y del capital transnacional.
Pero este experimento está condenado al fracaso. De hecho, ya está fracasando. Los mismos factores que lo originaron —la crisis de acumulación y la pérdida de hegemonía occidental— lo convierten en un proyecto sin futuro. La realidad se impone con crudeza. La tasa de ganancias del capital es cada vez menor y las economías centrales ya no pueden reproducir el ciclo de acumulación como en décadas pasadas. A esto se suma la pérdida de peso relativo: mientras Estados Unidos representaba un tercio de la economía mundial en el año 2000, hoy apenas ronda el 22 %, y China lo ha superado en manufactura, comercio y en la mayoría de las tecnologías críticas.
Los BRICS y el Sur Global amplían su influencia. África avanza en su desvinculación de las potencias coloniales, América Latina, con México y Brasil a la cabeza, ensaya políticas más soberanas y diversificadas. Todo ello erosiona aún más la capacidad de control de un imperio que ya no puede ofrecer prosperidad, sino apenas coerción y amenazas.
En nuestra región, la figura de Milei fue presentada como la “punta de lanza” de este nuevo intento reaccionario. Pero en pocos meses su gobierno se desmorona, atrapado en su propio teatro mediático y en la miseria de un discurso que glorifica el egoísmo y desprecia la solidaridad social. Lejos de resolver los problemas de Argentina, los ha agravado: aumenta la pobreza, hay conflictividad social creciente y un aislamiento internacional evidente. El “modelo libertario” se muestra incapaz de dar respuestas a la crisis.
La historia nos ofrece paralelos esclarecedores. Hitler también apareció como un personaje grotesco, un orador exaltado que prometía grandeza nacional a través de un discurso absurdo y salvaje. Fue, en buena medida, el síntoma de un sistema en colapso. Lo mismo ocurre con Trump y con las figuras que lo imitan: no anuncian el nacimiento de una era, sino el final de una época.
Y es precisamente en esos momentos finales cuando los imperios se vuelven más peligrosos. El genocidio en Palestina, avalado y financiado por Estados Unidos; las amenazas abiertas contra China; el intento fallido de expansión de la OTAN hacia el Este; y, más cercano a nosotros, el despliegue de una flota naval contra Venezuela, son expresiones de esa agresividad desesperada. Ya no se trata de consolidar hegemonía, sino de retrasar su pérdida a cualquier costo.
Para Honduras, estas lecciones son claras. No estamos ante un simple debate ideológico, sino ante una cuestión vital: la defensa del proyecto soberano y del socialismo democrático no es solo una opción política, es una necesidad histórica. En un mundo en transformación, donde el viejo orden se derrumba y los experimentos libertarios exhiben su fracaso, la única salida digna es la construcción de un modelo propio, basado en la igualdad, la solidaridad y la autodeterminación.
Los imperios caen entre ruinas y estridencias. Lo que está en juego es si los pueblos somos capaces de aprovechar ese derrumbe para abrir caminos nuevos. La derecha libertaria no es el futuro: es apenas el eco de un sistema que se extingue. Nuestro desafío es no caer en su trampa y apostar por una sociedad distinta, donde el bienestar común esté por encima de la opulencia de unos pocos.
