La historia tiene la cualidad de hacer ecos de sí misma. Sucesos transcurriendo una y otra vez. A veces con diferentes rostros, banderas y eslóganes (otras con los mismos de siempre). Crímenes sin juzgar, indultos a dedo a narcotraficantes, feminicidios, desfalcos millonarios, ventas del territorio nacional, masacres y muchas otras formas de violencia haciendo un eco infinito de impunidad.
Tanta brutalidad, tanta injusticia, tanto mirar a otro lado con miedo —o con indiferencia—; tanto callar para pasar inadvertidos buscando que el terror no nos alcance, todo eso nos puede hacer olvidar lo poderosas que son nuestras voces cuando suenan juntas.
Quizá el silencio es el de la población general ante injusticias que no creen propias o es de los empresarios a cambio de aumentar sus ganancias o el de las autoridades, más ocupadas en sus campañas políticas que en hacer su trabajo por el país. No importa de dónde venga el silencio, es político.
Por suerte, la historia hace ecos, pero nunca es exactamente la misma. No tenemos por qué seguir viviendo en el silencio del que nos quieren hacer cómplices los que “mandan”. Mientras ellos callan —y nos quieren ver callados/as—, nuestro deber es rebelarnos, es alzar la voz tanto, y tan fuerte, que nadie quiera volver a quedar sumido en el estupor del silencio.
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