Para la derecha, Morazán en una postal satinada, una estatua que se oxida, un cuadro que se enmohece o un cadete vestido de azul marino que desfila monótono al ritmo de una marcha chafarotil. Para la derecha, Morazán es el símbolo del respeto de las instituciones, del estatus quo y de lo inmóvil que aunque injusto, debe ser eterno.
Es natural: como no pudieron silenciar su ejemplo, intentaron ocultar su verdadera imagen detrás de la de sus enemigos. Nos entregaron una caricatura inofensiva y hasta contrarrevolucionaria, un Morazán edulcorado que supuestamente luchaba por una integración de élites, insípida e inconsecuente. Un Morazán sin pueblo y sin enemigos, reducido a un conciliador abstracto, lejano de la lucha de clases que en realidad lo definió.
Pero como la terquedad fue su insignia, regresa siempre. Y regresa siempre desde la izquierda.
Para el pueblo movilizado, Morazán es un compañero y un líder cotidiano, al que se convoca para representar la lucha viva de los pueblos. No es casual que quienes más han estudiado su ejemplo provengan de las filas populares y de izquierda, ni que su rostro renovado aparezca una y otra vez en las banderas de las juventudes, en murales combativos y en marchas que reclaman justicia.
Esta visión no es antojadiza sino una constatación histórica: Morazán no se enfrentó a abstracciones ni a rivales honorables, sino a intereses de clase muy concretos. Del otro lado estaban los comerciantes del añil, que monopolizaban la exportación y enriquecían a costa del trabajo campesino; los terratenientes de la Iglesia, dueña de las mejores tierras y del poder espiritual convertido en poder económico; y los conservadores que defendían la dependencia a los poderes extranjeros, ya fuera a la corona española, al imperio mexicano o a la influencia británica. Esa alianza de privilegios —terrateniente, comercial y clerical— fue el verdadero enemigo contra el que Morazán levantó la espada y la palabra.
Los revolucionarios de aquel tiempo enfrentaron a los Aycinena, la familia más poderosa de la provincias centroamericanas, hoy sus herederos ideológicos siguen presentes en Honduras encarnados en las llamadas diez familias. La familia Aycinena fue el clan más poderoso de la Guatemala colonial y del período independiente temprano. Su origen estaba en los comerciantes peninsulares, y con el tiempo consolidaron un monopolio del comercio del añil, principal producto de exportación en el siglo XIX. Se convirtieron en los banqueros de la época, prestando al Estado y a particulares con altos intereses, y acumularon tierras a través de la Iglesia y de la compra forzada a pequeños productores.
Del mismo modo, en Honduras los nombres han cambiado, pero la estructura de dominación es la misma. Hoy no monopolizan el añil ni los diezmos eclesiásticos, sino las finanzas, la banca, la importación, la energía, la agroindustria y los medios de comunicación.
También hay una gran similitud en la lucha de las ideologías entre las fuerzas del cambio y las fuerzas conservadoras. En aquel tiempo, la Iglesia controlaba no solo la fe, sino también la educación, los registros civiles y la moral pública. Para romper ese monopolio ideológico, Morazán tuvo que traer a Honduras la primera imprenta, abrir caminos a la prensa libre y al pensamiento ilustrado, y hasta exiliar a la jerarquía eclesiástica que se había convertido en enemiga de la libertad.
Hoy, nosotros enfrentamos un enemigo distinto pero con la misma lógica de dominación: la consolidación de un aparato mediático nacional e internacional que repite, una y otra vez, el discurso neoliberal. Así como ayer el púlpito bendecía la desigualdad y legitimaba el poder de los terratenientes, hoy los grandes medios reproducen la mentira de que las élites empresariales sostienen el país, ocultan las luchas populares y demonizan cualquier proyecto alternativo.
Morazán como fuerza que retorna.
Morazán no pertenece solo a su siglo. Como bien señaló Neruda sobre ciertos hombres que aparecen en la historia, su figura regresa de manera periódica, cada vez que Centroamérica necesita sacudirse del dominio de las oligarquías y los imperios. Regresó en las luchas liberales del siglo XIX, en la constitución de los partidos clasistas, volvió en las huelga del 54, y en la luchas populares de los 80, surgió como referente en la resistencia contra el neoliberalismo.
Esa vigencia es concreta. La Resistencia retomó su espíritu cuando enfrentó la dictadura cívico-militar posterior al golpe de 2009. En las luchas de las mujeres organizadas, de los campesinos por la tierra, de los sindicatos que defienden derechos laborales, en la voz de los jóvenes que exigen educación pública, late la misma terquedad que lo caracterizó. Morazán es un espejo en el que se refleja nuestra resistencia: nos recuerda que ningún poder es eterno, que ningún privilegio es intocable y que la dignidad de los pueblos se defiende en las calles, en las fábricas, en el campo y en las aulas. Por eso hay que decirlo con claridad: Morazán fue y sigue siendo un revolucionario. No un reformista, no un conciliador, sino un disruptor de su tiempo, irreverente frente a la autoridad y desafiante ante los dogmas. Si viviera hoy, lucharía por el socialismo y estaría al lado de los sindicatos, las organizaciones campesinas, las mujeres organizadas y los estudiantes. Sería constructor de nuestros medios digitales de propaganda, dirigiría nuestros periódicos y participaría en las asambleas populares. Morazán no es un mito lejano, es un militante presente: nosotros seremos como él.
(Editorial del programa radial 1954, 2025)