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Leyendo: El imperio de Estados Unidos está en decadencia
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Editoriales

El imperio de Estados Unidos está en decadencia

Equipo Editorial 1954
Última actualización: 14 febrero, 2026 1:57 pm
Equipo Editorial 1954
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La humanidad vive un cambio de época marcado por un hecho histórico: el imperio de Estados Unidos está en decadencia.

Es un declive lento pero que se acelera, y se explica por dos factores principales: en primer lugar, por la pérdida de la potencia industrial y tecnológica estadounidense, que, hasta la llegada del nuevo milenio, parecía invencible. En segundo lugar, por la irrupción de China como potencia mundial, con un modelo económico y político nuevo guiado por un partido de ideología marxista.

¿Cómo se llegó hasta este punto? Y ¿qué implica para los pueblos del mundo, particularmente para nuestra región?

Hemos de recordar que en el año 2000, Estados Unidos representaba el 30% de la economía mundial, dominaba 60 de las 64 tecnologías críticas, producía la cuarta parte de las manufacturas del planeta, contaba con las 10 empresas con mayor valor de mercado en el mundo y podía jactarse de que su moneda -el dólar- representaba el 70% de las reservas internacionales de divisas.

Fueron los tiempos más felices para el capital, que, ya con su enemigo de clase derrotado ideológicamente y sin rival geopolítico, alardeaba de haber llegado a la cúspide de los avances civilizatorios posibles, y proclamaba -como lo hizo Francis Fukuyama en los 90s-, el feliz fin de la historia humana como proceso de cambios económicos y sociales.

Para los grandes centros de poder capitalista, eso significaba fundamentalmente que el sistema económico y político occidental se perpetuaría sin rival y que Estados Unidos sería, eternamente, la única superpotencia planetaria.

A la hegemonía económica y militar se sumaba una hegemonía cultural inédita en la historia. El poder mediático y simbólico moldearon una imagen única del mundo. Desde Hollywood, los centros de estudio, medios de comunicación e instituciones culturales internacionales, el imperio impuso un modelo de sociedad, de familia y de consumo.

No obstante tanto poder, la certeza de la eternidad del imperio fue tan efímera como la promesa del Reich de los 1000 años que Hitler hiciera con el mismo espíritu totalitario y para defender los mismos intereses de clase.

Pronto, se demostró que la terquedad de los pueblos del mundo para ser soberanos y sobre todo, para lograr justicia e igualdad, no podía ser contenida por discursos conservadores que niegan la más evidente realidad social que es: que lo único eterno en el mundo es la contradicción y el cambio.

En América Latina, como en el resto del mundo, surgieron respuestas soberanas y expresiones de resistencia que se tradujeron en el ciclo de gobiernos progresistas y en el surgimiento de organizaciones sociales que representaban a las clases sociales oprimidas y sus voluntades revolucionarias.

Parafraseando al más inesperado de los personajes latinoamericanos: “No contaban con nuestra astucia”, ni con nuestro empeño de igualdad ni con nuestras ganas de ser libres.

Sin embargo, a pesar de la importancia que para nosotros representan estos procesos, debemos mirar hacia oriente para encontrar el hecho más significativo de esta época y que le imprime el mayor aíre dramático a la situación: Se trata del surgimiento inesperado de China como actor central de la economía mundial.

Basta con revisar algunos datos para dimensionar lo impresionante y rápido del acenso Chino: En 1990, China representaba apenas el 1.7% del PIB mundial. Hoy, representa cerca del 20%. En manufactura, pasó del 3% a más del 30%. Y en exportaciones, de una participación marginal a rivalizar con toda la Unión Europea. Según el instituto Australiano de Política Estratégica, China lidera actualmente 57 de las 64 tecnologías críticas del mundo, incluyendo inteligencia artificial, computación cuántica, robótica, biotecnlogía y sistemas de energía Renovable. A ese paso China superará a Estados Unidos en todos los ámbitos, incluyendo el militar, en los próximos años.

Este acceso no es solo cuantitativo: representa un modelo alternativo, un camino propio, guiado por la planificación estatal del Partido Comunista de China, que incluye el control estratégico de sectores clave, la innovación tecnológica soberana, y un liderazgo político que privilegia el desarrollo armónico y pacífico de la sociedad con una política internacional de respeto la autodeterminación de los pueblos.

La respuesta de EEUU ha sido violenta pero errática: amenazas militares, guerras comerciales, asedio político, campañas de desprestigio. Las últimas administraciones norteamericanas parecen no encontrar una solución a este previsible desplazamiento.

El imperio pierde los papeles y cada vez le importa menos aparecer como paladín de la libertad, la democracia y los derechos humanos: se avala abiertamnete el genocidio del pueblo palestino, se criminaliza la migración, se asume un discurso xenófobo.

Ya no se intenta convencer; ahora solo imponen su poder por la fuerza.

Y esto nos interpela directamente. Porque, como nos recuerdan constantemente intelectuales de la altura e César Villalona o Atilio Borón, América Latina ha sido siempre tratada como el patio trasero del imperio.

Además,  sería de una ingenuidad criminal, pensar que el poder del imperio se desvanecerá paulatinamente sin grandes eventos negativos y, potencialmente, devastadores. Sobre todo, para nuestra región.

Para países como los centroamericanos, esta situación plantea un reto monumental. Más del 80% de nuestras exportaciones se dirigen a ese país, y las remesas representan entre el 20% y el 30% del PIB en naciones como Honduras, El Salvador o Guatemala. El debilitamiento de la economía estadounidense repercute directamente sobre nuestras condiciones de vida. Cualquier crisis o reacción imperial golpeará primero a nuestra región.

Nos toca, entonces, actuar con lucidez histórica. No podemos quedarnos esperando el desenlace de una disputa entre potencias. Es el momento de continuar definiendo un rumbo propio, de fortalecer la soberanía, la integración regional y la organización popular. El proyecto de la Refundación debe continuar y profundizarse hacia el socialismo

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