Presentamos la disertación de Adrienne Pine, realizada en el marco de la fundación del Comité de Amistad y Solidaridad «Francisco Morazán», iniciativa que promueve la solidaridad y la amistad entre Honduras y El Salvador. La actividad se llevó a cabo el miércoles 19 de agosto en Tegucigalpa.
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La nueva estrategia de seguridad hemisférica de EEUU es muy parecida a la vieja, pero más avanzada en términos de técnicas y tecnologías de represión. La seguridad que ofrece beneficia exclusivamente a las oligarquías y transnacionales sionistas, y al imperialismo estadounidense-israelí, y se orienta a garantizar que no enfrenten obstáculos en forma de obreros sindicalizados y pueblos soberanos y dignos. Las tecnologías fascistas de control de poblaciones, disfrazadas de “seguridad”, son desplegadas en servicio del imperialismo neoliberal sionista.
Un ejemplo significativo es la adaptación renovada del sistema de cuotas de arrestos que fue implementado por Rudy Giuliani, exalcalde de Nueva York y más recientemente asesor de Donald Trump, en Nueva York en los 90 en la primera versión de la política de seguridad de “cero tolerancia”, con la justificación de arreglar el problema de “la teoría de las ventanas rotas”. Ese modelo ha sido exportado por el mismo Giuliani a países de Latinoamérica y del mundo, incluyendo Honduras, El Salvador, Colombia bajo Uribe, y muchos otros. Las cuotas obligatoriamente dan lugar a falsos positivos, como está ampliamente documentado en el caso de Colombia, por ejemplo.
El sistema de cuotas es una de las técnicas más importantes del modelo que Bukele implementa en El Salvador, en el contexto de un régimen de excepción que le permite suspender derechos humanos y democráticos, impulsando así el encarcelamiento masivo de personas sin evidencias. Estas son técnicas que circulan y se legitiman en el marco del fascismo neoliberal, y cada vez se perfeccionan más para reprimir a los pueblos. Los agentes de ICE que a menudo torturan y asesinan personas en mi país por parecer latinos o por protestar en contra de la violencia del régimen de excepción actual impuesto por Trump, tienen cuotas muy altas de arresto, lo cual a su vez ha garantizado ganancias de miles de millones de dólares para corporaciones privadas de prisiones. De la misma forma, para Bukele y los suyos las políticas del dizque “control de crimen” influenciadas por Giuliani han sido muy lucrativas, gracias a los millones de dólares que le ha pagado Trump por encarcelar y torturar a migrantes venezolanos inocentes el año pasado, y por la mano de obra esclavizada de los reos salvadoreños, que a través del programa “Cero Ocio” viene reemplazando el labor de los más de 47 mil empleados públicos despedidos en años recientes por Bukele, gran parte de quienes estaban sindicalizados.
De igual manera, las tecnologías genocidas de represión y exterminio desarrolladas y perfeccionadas a lo largo de los últimos 78 años por el estado colonial de Israel en su campaña genocida contra el pueblo ocupado palestino son importadas a todos nuestros países para fortalecer el poder represivo del estado. Durante las décadas de los años 70 y 80, en el marco del conflicto armado de El Salvador, un porcentaje muy alto del armamento importado a ese país provenía de Israel. Lo mismo pasó de forma contemporánea en el caso del genocidio Maya de Ríos Montt en Guatemala. Y sigue siendo el caso, también acá en Honduras, aún más intensivamente desde el golpe de estado del 2009. Israel no sólo ha proveído armas y otras tecnologías de represión a todos los estados del hemisferio con la honrosa excepción de Cuba, sino que además entrena a sus fuerzas de seguridad, y —lo que es más abrumador—les vende sus tecnologías de cibervigilancia como el programa Pegasus, lo que además le permite asegurar un control mucho más amplio y duradero sobre las políticas del hemisferio.
Nada de esto empieza con Trump. Ahora bien, al iniciar su segundo mandato con Marco Rubio de canciller, de inmediato se notó una postura netamente más agresiva. Anunció que iba a anexar militarmente a Groenlandia y el Canal de Panamá, emitió una orden para cambiar el nombre del Golfo de México a Golfo de América, y órdenes ejecutivas definiendo no solo a los carteles latinoamericanos y al Tren de Aragua como organizaciones terroristas, sino también a la Mara Salvatrucha (aunque curiosamente la 18 quedó fuera de la medida). Meses después, emitió su coralario a la Doctrina Monroe, que ahora es conocida como la Doctrina Donroe, mediante el cual se compromete a intensificar la doctrina original con una combinación de fuerza militar y coerción económica, para contrarrestar influencias chinas, rusas, e iraníes en el hemisferio. En ese sentido, el carácter ofensivo de la nueva versión supera el original en términos de colonialismo descarado.
En los meses previos al secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro, Donald Trump inventó cuentos sobre el «Tren de Aragua», alegando que era un ejército invasor, y sobre el «Cartel de los Soles», asegurando que inundaba a Estados Unidos con fentanilo. Ambas organizaciones —una tergiversada de manera descabellada y la otra una ficción completa — estaban supuestamente dirigidas por Maduro y se utilizaron como justificación mediante la invocación de la Ley de Enemigos Extranjeros del 1798 para la suspensión de derechos y la criminalización de inmigrantes de Venezuela y cualquier otro país que no fuera Sudáfrica, donde supuestamente se está llevando a cabo un “genocidio blanco”. Esa ley y otras declaraciones y discursos que lo acompañan también justifican la deportación ilegal de migrantes venezolanos inocentes para ser torturados en el CECOT (la prisión de alta seguridad de El Salvador creada por Bukele), así como el asesinato extrajudicial de pescadores de muchos países de la región sin ninguna evidencia de que trafican droga. Como saben, este crimen de guerra internacional continúa hasta hoy, a pesar de que, después de que Maduro fuera secuestrado y llevado ante un tribunal, los fiscales federales de EE. UU. retiraron de inmediato los cargos de narcotráfico– lo que no es de extrañar, pues siempre fue una ficción.
La formación de “El Escudo de las Américas” compuesto por los gobiernos más fascistas de la región—incluyendo varios, como Honduras, cuyos presidentes tomaron el poder gracias a la descarada injerencia electoral estadounidense e israelí—se justifica con el fin de combatir el narcoterrorismo, pero no es más que una amplificación actualizada del Plan Condor. Y cuando el imperio neoliberal fascista y sus aliados hablan del narcotráfico, el terrorismo, las pandillas, o el comunismo, no los invocan con el fin de detenerlos – con la excepción del comunismo, sobra decirlo. Más bien los utilizan para aplastar aún más las prácticas democráticas y las soberanías dondequiera que sobrevivan, con el objetivo de consolidar el poder entre una élite internacional sionista cada vez más reducida y poderosa: la clase de Epstein. Utilizan estos conceptos al revés, de forma inversa orwelliana.
Por ejemplo, como presidente de Honduras Juan Orlando fue el socio más fuerte de Washington en términos de “seguridad” y su indulto es una de las evidencias más claras de que nada de la supuesta guerra contra el narcoterrorismo del Escudo de las Américas tiene que ver con detener el flujo de drogas hacia EE. UU. Así como lo deja claro también el secuestro de Nicolás Maduro a pocos días después, justificándolo como parte de la guerra contra las drogas, principalmente el fentanilo, cuando por Venezuela transita muy poca cocaína en comparación con los países vecinos, y nada de fentanilo. Sobran los ejemplos de hipocresía, aunque no tan exagerados como el de Juan Orlando, por ejemplo, con el narco Noboa y con el abogado de los grandes narcos, el colombiano de la Espriella, etc.
Y el caso es que siempre ha sido así. Siempre han acusado de terroristas y narcotraficantes a quienes luchan por su libertad, y a las víctimas del capitalismo, que conforman el ejército industrial de reserva de que habló Marx, mientras premian a los verdaderos terroristas y narcos en nombre de la “seguridad”. Por supuesto, también a veces arrestan verdaderos criminales, siempre y cuando no pertenezcan a las oligarquías, pero perseguir mareros no es el propósito verdadero de las políticas de seguridad neoliberal.
El carácter cultural de los grupos y personas que los poderosos identifican como terroristas con el fin de reprimirlos para concentrar más su poder varía con los contextos históricos y geográficos, pero el mecanismo no cambia. Y en muchos casos los pueblos, desesperados por vivir algún tipo de paz por la violencia cotidiana que enfrentan, también arraigada en procesos capitalistas, están dispuestos a sacrificar sus derechos a la soberanía y la democracia y al resto de sus derechos humanos por la “seguridad” que les ofrecen los agentes del fascismo del imperio neoliberal.
Así que, como decía, la nueva estrategia de seguridad regional de EE.UU. se parece bastante a la vieja estrategia de seguridad regional de EE.UU. Solo que a través de los años las tácticas y tecnologías de la seguridad fascista han ido circulando y perfeccionándose, también entre los países del Sur — como podemos ver en el caso de tantos líderes latinoamericanos que se autoproclaman el «Bukele» de sus respectivos países — y siempre con apoyo del imperio. Y es importante recordar que por medio del boomerang imperial, en EE. UU. también se implementan las tecnologías desarrolladas para reprimir a los pueblos de Palestina, Chile, El Salvador, Colombia, Honduras y tantos otros, contra los que vivimos en las entrañas de la bestia. Hoy la ciudad de Washington está completamente militarizada, ocupada por la guardia nacional y el ICE, con la misma justificación de asegurar el control del crimen, aunque los índices de delincuencia era muy bajos cuando comenzaron a implementar estas políticas represivas. Lo mismo pasa con las demás ciudades que han sido objetos de la militarización bajo Trump: son “ciudades santuario”, que insisten en ejercer su derecho colectivo a proteger a sus residentes contra las redadas de la nuevo Gestapo. Para hacer frente al uso orweliano del concepto de “seguridad”, hoy más peligroso que nunca, hay que construir lazos de solidaridad más fuertes aún que los que unen a los miembros del Escudo de las Américas y a la Clase Epstein en general. Por eso, es importante que nos comprometamos mutuamente a trabajar para fortalecer la solidaridad entre los pueblos de todo el hemisferio contra nuestro enemigo común.
En Honduras, la imposición, a través del fraude y la injerencia directa de Trump en las elecciones pasadas (25-nov.-2025) de un gobierno nacionalista, con Nazri Asfura en la Presidencia, evidencia la pérdida de soberanía con las Zede Prospera en Roatan, y en el sur del país, así como la privatización de la Energía Electrica, el agua,salud y educación. Ante esto el pueblo se revela con la marcha de las antorchas y resiste la represión. Todo esto parte de la estrategia del Trumpismo y el sionismo israelí. la lucha del pueblo continuará, aún con la represión contra los manifestantes.