Donald Trump se presentó en la ONU y su retórica llegó a un nivel de mentiras y criminalidad no visto antes en los discursos que se hacen desde 1946. Para un titular del imperio norteamericano, acostumbrado a presentarse como gendarme del mundo, garante de la paz y baluarte de esa farsa llamada “Valores occidentales”, este discurso es la caída de las máscaras y la admisión pública de un hecho ya viejo: Estados Unidos es un Estado gansteril que roba, asesina y miente.
Trump, con voz la cansada de alguien física y moralmente enfermo, fue leyendo un discurso como si se tratase de un guion de la serie Sopranos versión política internacional, al vanagloriarse del robo de recursos en Venezuela a punta de pistola, jactarse del secuestro del presidente Maduro, esgrimir con crueldad y placer el genocida bloqueo a Cuba, soslayar los gigantescos crímenes contra el pueblo palestino y amenazar con la aniquilación de Irán y sus 91 millones de habitantes.
De la misma manera, Trump fue incapaz de proyectar fuerza y unidad interna; habló de una sociedad estadounidense que no existe. Pues en lugar de fuerte está rota, con graves problemas sociales derivados la concentración de la riqueza, la creciente deuda pública, un tejido social fracturado, una clase política bipartidista desprestigiada y problemas sociales y ambientales que amenazan su estabilidad.
En cualquier otro momento de la historia, el contenido y tono de un presidente hubiera sido motivo de escándalo público, pero vivimos tiempos singulares y, a decir verdad, las decadencias imperiales nunca fueron elegantes.
Europa: la mascota obediente
La caída del Rey irá acompañada de la de su cohorte: el silencio más notable es el de esa entelequia llamada “occidente” o también “mundo libre”, que forma Europa, Australia, Japón y otros más estados pequeños; todos ellos autodefinidos como defensores universales de la democracia y los derechos humanos, pero que hoy convalidan que la fuerza militar y los intereses estratégicos decidan el destino de otros pueblos o se usen en su destrucción.
Trump elogió a Mark Rutte, secretario general de la OTAN, y exhibió el acuerdo alcanzado con Dinamarca y Groenlandia como una victoria estadounidense. La escena recordó el episodio de 2025 en que Rutte comparó a Trump con un «papá» que interviene en una pelea.
Cuba e Irán: la dignidad de los pueblos
La nota de dignidad la pusieron los países más asediados del mundo, cuyos pueblo resisten a un altísimo costo. La delegación cubana abandonó la sala cuando Trump atacó a su país y anunció que «la libertad llegará a Cuba». Fue una respuesta visible a la prepotencia de quien pretende decidir, desde Washington, el futuro de la isla. El pueblo cubano lleva décadas enfrentando el bloqueo económico estadounidense, cuyo fin ha sido reclamado reiteradamente por la Asamblea General de la ONU.
La delegación iraní también se levantó durante las referencias de Trump a los ataques contra su país. No hace falta atribuir a sus representantes gestos o pensamientos que nadie puede comprobar: retirarse mientras el presidente de la potencia que ha bombardeado Irán amenaza con otra escalada fue, por sí mismo, una respuesta política. Frente al lenguaje del ultimátum, tanto Cuba como Irán reivindicaron su derecho a decidir su propio destino.
Miente, miente, que algo quedará
Trump sostuvo que la pobreza había llegado a su nivel más bajo en la historia estadounidense. Los datos oficiales muestran que la tasa de pobreza bajó al 10,2 % en 2025, pero también que 34,5 millones de personas seguían bajo ese umbral. El descenso es real; presentarlo como prueba de que el problema quedó atrás es engañoso. Afirmó además que Estados Unidos y Venezuela reúnen más del 60 % del petróleo mundial, una cifra que no corresponde a las estimaciones de reservas disponibles.
La exageración alcanzó también la guerra y la seguridad. Trump aseguró disponer de más municiones de las que su país podría usar, pese a las advertencias sobre el desgaste de sus arsenales, y dijo que los ataques a embarcaciones habían destruido el 97 % de las drogas que llegan por mar, sin presentar datos que sostengan ese porcentaje. Sobre el estrecho de Ormuz habló de más de mil millones de barriles escoltados por la Marina estadounidense. La Agencia de Información Energética sí registra una fuerte caída del flujo petrolero por el estrecho durante el conflicto; esa estadística, por sí sola, no verifica la cifra de escoltas que proclamó Trump.
La siguiente afrenta ocurrió dentro de la propia ONU. Trump se atribuyó la reducción del 15 % del presupuesto de la organización en 2026 y la eliminación de más de 4.000 puestos. La reforma presupuestaria existe, pero los documentos de Naciones Unidas describen un proceso impulsado por su Secretaría y negociado por los Estados miembros; una propuesta oficial planteaba reducir 2.681 puestos. Trump convirtió una decisión multilateral en otro trofeo personal, mientras atacaba a los organismos internacionales que pueden poner límites, por modestos que sean, al poder de las grandes potencias.
Un final lúgubre
Hacia el cierre, Trump anunció que llamaría «superinteligencia» a la inteligencia artificial. El cambio de nombre podría parecer una ocurrencia menor. Lo grave fue el argumento que lo acompañó: descalificó las advertencias sobre los riesgos de esta tecnología comparándolas con lo que llamó el «engaño» del cambio climático. Frente a ello, el consenso científico establece que la actividad humana ya está alterando el clima y agravando fenómenos extremos. Y frente a una tecnología con efectos cada vez mayores sobre el trabajo, la información y la vida cotidiana, Trump rechazó los intentos de establecer controles internacionales. Puede haber algo grotesco en el espectáculo de un presidente que presume del botín petrolero, amenaza a otras naciones y luego se entretiene rebautizando la inteligencia artificial. Pero no es una comedia. Trump habló desde la tribuna de las Naciones Unidas con el poder militar de Estados Unidos a sus espaldas. Cuando un imperio en crisis adopta abiertamente el lenguaje del gánster, el peligro no termina en el discurso.