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Convicción de victoria Revolucionaria: la lucha bajo La Tormenta

Armando Orellana
Última actualización: 12 octubre, 2026 10:50 am
Por
Armando Orellana
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26 minutos de lectura

Apuntes militantes frente a la oleada fascista en Nuestra América y Honduras

Contenidos
  • Palabras preliminares
  • I. Leer el momento sin miedo a la niebla
  • II. El funeral que no llegó: treinta años de derrota internalizada
  • III. La batalla decisiva se libra en la subjetividad
  • IV. Sobre la firmeza y la tibieza: Stalin y Mao, cada uno en sus condiciones
  • V. El fascismo realmente existente: el mapa de Nuestra América
  • VI. Honduras: el laboratorio y la trinchera
  • VII. Hilar fino bajo el chubasco: realismo e intuición dialéctica
  • VIII. La lección del monzón: Ho Chi Minh y la guerra prolongada
  • IX. Convicción de victoria: la moral revolucionaria
  • X. Tesis para la acción
  • Palabras finales

Por la causa de las clases populares de Nuestra América

Palabras preliminares

Estas notas no se escriben desde la calma de un despacho, sino desde el fragor de una hora difícil. Quien las lea debe saber, desde la primera línea, que no encontrará aquí el optimismo ligero de las consignas fáciles ni el derrotismo elegante de quienes ya se han rendido por dentro.

Lo que sigue es un intento —tosco, incompleto, pero honesto— de pensar la victoria en un tiempo en que casi todo conspira contra la confianza.

No es un ejercicio académico neutral. La neutralidad, en horas de asedio, es una forma del abandono; es la altitud cómoda de quien mira la tormenta desde un balcón a resguardo.

Aquí asumimos posición: la de las clases populares de Nuestra América, la de la revolución, la del socialismo. La crítica es arma solo cuando está bien fundada; por eso combinamos la pasión del compromiso con el rigor del análisis. No escribimos para agradar, sino para servir.

I. Leer el momento sin miedo a la niebla

La lectura del momento histórico es compleja. Decirlo sin rodeos es el primer acto de honestidad militante. No vivimos una situación revolucionaria clásica, con un poder dual visible y un desenlace a la vuelta de la esquina; tampoco vivimos una derrota total, de esas que borran del mapa a un movimiento entero.

Vivimos el tiempo ambiguo que Antonio Gramsci describió con una precisión que no ha envejecido: el interregno en que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, y en el que —añadía el sardo— surgen los más variados y mórbidos síntomas.

Ese es nuestro suelo. Un terreno movedizo, de luces y sombras, donde coexisten la resistencia heroica y la resignación masiva, la combatividad de las bases y la traición de las cúpulas, la memoria insurgente de un continente y la amnesia fabricada por las pantallas.

Leer este suelo exige una cabeza fría y un corazón caliente; exige resistir la tentación de las posturas claras cuando la realidad es turbia, sin caer por ello en el relativismo que todo lo disuelve.

No es fácil. Lo sabíamos. Quien crea que hilar fino en política es sencillo, no ha intentado nunca hilar fino bajo un chubasco. Y nosotros —hay que decirlo sin falsa modestia— hilamos bajo un chubasco permanente.

II. El funeral que no llegó: treinta años de derrota internalizada

Para entender por qué hoy cuesta tanto levantar la cabeza, hay que recordar de dónde venimos. Hace apenas tres décadas, tras la caída del Muro y el desmoronamiento de la Unión Soviética, el mundo entero —incluida buena parte de la izquierda— quedó convencido de que el socialismo había muerto.

Francis Fukuyama proclamó el «fin de la historia»; los ideólogos del capital celebraron su victoria definitiva; y millones de militantes, formados en la fe revolucionaria, se quedaron sin brújula.

Muchos se agarraron —como decía un compañero— «de alguna forma o de otra» —al mercado, a la socialdemocracia administrada, a la pura supervivencia— para no hundirse.

Aquella proclama era falsa. El funeral del socialismo fue un funeral sin cadáver, celebrado con bombo y platillo sobre una tumba vacía. La historia no se detuvo: el capitalismo entró en su fase de crisis financiera crónica, de estancamiento, de guerra.

Y la marea del siglo XXI —Chávez, Lula, Evo, Correa, los procesos de Nuestra América— demostró que la llama seguía viva. Pero el daño estaba hecho, y era un daño profundo, subjetivo, casi invisible: la derrota no solo se sufrió, se interiorizó.

Treinta años de hegemonía neoliberal enseñaron a una generación entera a pensar en pequeño, a temer la palabra «socialismo», a creer que no había alternativa.

Esa derrota internalizada es, hoy, uno de nuestros principales enemigos. No basta con tener razón en el análisis; hay que ganar la batalla de la subjetividad. Y esa batalla no se libra en los despachos, sino en la conciencia de millones.

III. La batalla decisiva se libra en la subjetividad

Aquí llegamos al nudo del problema. Los procesos de toma de conciencia son complicados; no son automáticos, no siguen mecánicamente a la posición de clase.

Gramsci lo entendió mejor que nadie: el poder de la clase dominante no reside solo en su fuerza, sino en su hegemonía, en su capacidad de hacer pasar sus intereses como los intereses de todos, de sedimentar un «sentido común» que vuelve natural e inevitable el orden existente.

Esa hegemonía se ha perfeccionado hasta extremos que nuestros clásicos apenas podían imaginar. Las derechas disponen hoy de una capacidad de manipulación mediática sin precedentes: algoritmos, redes, fábricas de desinformación, un aparato cultural planetario que moldea deseos, miedos y resentimientos con una eficacia quirúrgica.

No se trata solo de mentir; se trata de producir subjetividad: de fabricar el tipo humano que el capital necesita.

El resultado es lo que podemos llamar generaciones de cristal: generaciones hipersensibles, a la vez frágiles y moralistas, formadas en una moral construida por la hegemonía occidental, por el aparato ideológico del imperialismo estadounidense y por su proyecto aliado, el sionismo colonial.

Una moral que convierte la denuncia de la injusticia en un gesto individual, terapéutico, despolitizado; que sustituye la solidaridad de clase por la caridad, la organización por el «activismo» de redes, la lucha por la «visibilización».

Generaciones a las que se les enseñó a indignarse —pero a indignarse sin proyecto, sin organización, sin poder; a indignarse de un modo que no amenace al sistema, sino que lo alimente.

Reconocer esto no es despreciar a la juventud; es, al contrario, un acto de respeto. Significa que no podemos esperar que la conciencia brote espontáneamente, ni tratar a las nuevas generaciones como un terreno ya ganado.

Significa que la disputa por la subjetividad —por el sentido común, por la cultura, por el deseo— es tan central como la disputa por el aparato del Estado. Y significa que quien descuide esa batalla, por más razón que tenga en el programa, hablará solo para sí mismo.

IV. Sobre la firmeza y la tibieza: Stalin y Mao, cada uno en sus condiciones

Hay un debate que la izquierda esquiva con hipocresía y que nosotros debemos afrontar con rigor. Durante décadas se nos enseñó a tratar a Stalin y a Mao como tabúes, como nombres que era mejor no pronunciar. Pero un revolucionario serio no piensa con el catecismo del enemigo; piensa con el materialismo histórico.

Stalin y Mao —cada uno en sus condiciones— tuvieron razón en aplicar políticas duras frente al reformismo y frente a las posiciones tibias. No porque la dureza sea un valor en sí mismo, sino porque la historia les impuso condiciones de asedio extremo: cerco capitalista, guerra, hambre, sabotaje, la amenaza permanente de la restauración.

En esas condiciones, la vacilación es mortal; la tibieza, una forma de rendición; la conciliación con el reformismo, una puerta abierta al enemigo. Construir el socialismo con las manos desnudas, hostigado por dentro y por fuera, exigía una firmeza sin concesiones, una disciplina de hierro, una voluntad de acero.

Dicho esto —y aquí está el punto dialéctico—, lo que fue correcto en una condición no puede transplantarse mecánicamente a otra. La lección no es «apliquemos las mismas políticas», sino «aprendamos el método».

Y el método es el que Lenin formuló con nitidez insuperable: el análisis concreto de la situación concreta. Cada momento histórico tiene sus propias leyes, sus propias correlaciones de fuerza, sus propias formas de lucha.

Copiar las tácticas de otra época es tan peligroso como traicionar los principios. La firmeza revolucionaria no consiste en repetir consignas, sino en sostener el objetivo estratégico —el socialismo, la liberación— con la máxima flexibilidad táctica.

De ahí que nuestra lucha sea, necesariamente, una lucha en dos frentes. Contra el reformismo y la tibieza, que disuelven la revolución en la administración del orden existente.

Y contra el sectarismo y el aventurerismo, que confunden la firmeza con la rigidez, el heroísmo con la imprudencia, y que a fuerza de «puro» se quedan solos. Quien no lucha en los dos frentes a la vez, no entiende a Lenin.

V. El fascismo realmente existente: el mapa de Nuestra América

Hablemos ahora de lo que tenemos delante. La oleada que hoy barre Nuestra América no es una simple alternancia electoral: es la emergencia de un neofascismo adaptado a nuestras condiciones. Tiene rostros concretos y un programa común.

En Argentina, Milei llevó al gobierno un proyecto de destrucción del Estado, de entrega del patrimonio nacional y de criminalización de la protesta, envuelto en un discurso histriónico de «libertad» que en la práctica significa la libertad del capital para arrasarlo todo.

En Ecuador, Noboa combina la mano dura con la sumisión a Washington. En El Salvador, Bukele convirtió el «combate a las pandillas» en un laboratorio de Estado policial, con un régimen de excepción permanente, cárceles hacinadas y una popularidad construida sobre el miedo.

En Perú, el triunfo de Keiko Fujimori prolonga una dinastía marcada por el autoritarismo y la corrupción, y consolida el giro a la derecha de la región. Y en el centro del mapa, Estados Unidos —con un Trump que ha vuelto a hacer de la injerencia una política abierta— empuja, financia y bendice a estos gobiernos.

¿Qué tienen en común? Un mismo método: la combinación de la violencia estatal con la manipulación mediática; la construcción de un enemigo interno (el migrante, el pobre, el disidente, el «comunista»); el uso del miedo como cemento social; la subordinación de la soberanía nacional a los intereses del capital transnacional y del imperialismo.

Y un mismo objetivo: recomponer por la fuerza el orden que la crisis del capital ha vuelto insostenible, asegurando la reproducción de la explotación en un momento en que el consentimiento ya no basta.

Llamemos a las cosas por su nombre. No es «populismo de derecha», no es «polarización», no es «malestar democrático». Es una ofensiva reaccionaria de nuevo tipo, con rasgos fascistas, y debe ser combatida como tal. Nombrarla es el primer paso para enfrentarla; y enfrentarla exige algo más que elecciones.

VI. Honduras: el laboratorio y la trinchera

Honduras no es un caso marginal en este mapa: es un laboratorio y, a la vez, una trinchera. Su historia reciente es un compendio brutal de lo que el imperialismo y las oligarquías son capaces de hacer cuando se les desafía.

El 28 de junio de 2009, un golpe de Estado —con la complicidad de Washington, de la oligarquía local y de los grandes medios— derrocó al presidente Manuel Zelaya, quien había osado acercarse a la Alianza Bolivariana.

Fue el primer golpe de la nueva ola reaccionaria continental, y marcó el guion de lo que vendría: la ruptura del orden constitucional al servicio de los intereses del capital.

De ahí en adelante, Honduras se convirtió en un narco-Estado bajo el Partido Nacional: primero Porfirio Lobo, luego Juan Orlando Hernández, cuyo gobierno tejido con el crimen organizado terminó con el propio expresidente extraditado y condenado en Estados Unidos por narcotráfico.

El país que se presentaba como «aliado estratégico» era, en realidad, un territorio capturado por la corrupción, la violencia y el crimen.

En 2022, el pueblo hondureño dio un vuelco. Xiomara Castro, del partido LIBRE, llegó a la presidencia —la primera mujer en la historia del país— y abrió una etapa de esperanza: la derogación de leyes lesivas, la recuperación de la soberanía en sectores estratégicos, una agenda de justicia social.

Fue un respiro, pero también una lección: el poder formal, sin la correlación de fuerzas ni la hegemonía necesarias, es frágil.

Y la fragilidad se hizo evidente. En las elecciones de noviembre de 2025, el Partido Nacional volvió al poder: Nasry Asfura —el «Tito» del municipio capitalino, señalado por corrupción— asumió la presidencia el 27 de enero de 2026.

Xiomara Castro denunció abiertamente una «adulteración» de los resultados y la injerencia directa de Trump: un «golpe electoral», dijo, ejecutado desde las urnas y desde el exterior. Los primeros meses del nuevo gobierno lo confirmaron: decretos de emergencia, eliminación de instituciones, un acelerado desmantelamiento de lo público y un alineamiento incondicional con Washington.

Honduras nos enseña tres cosas. Primero, que el imperialismo no renuncia a su patio trasero y que la injerencia —abierta o encubierta— sigue siendo un instrumento de primera línea.

Segundo, que los avances populares son reversibles si no se convierten en poder real: ganar un gobierno no es ganar el poder.

Y tercero, que el pueblo hondureño —que resistió un golpe, que soportó un narco-Estado, que hizo presidenta a una mujer contra todos los pronósticos— ha demostrado una y otra vez que no es un pueblo que se rinde. Esa es nuestra base. Ese es nuestro terreno.

VII. Hilar fino bajo el chubasco: realismo e intuición dialéctica

¿Cómo luchar en estas condiciones? La respuesta no está en los manuales, sino en el método de nuestros mejores maestros. Pensemos las alternativas y las estrategias con mucho realismo y con intuición dialéctica; con la mirada de Lenin, de Gramsci, de Fidel.

De Lenin aprendemos el realismo implacable: la disposición a retroceder cuando es necesario (Brest-Litovsk, la NEP), a cambiar de táctica sin perder de vista el objetivo, a medir las fuerzas con exactitud y no con deseos.

De Gramsci aprendemos que en Occidente la revolución no se gana con un asalto frontal al Palacio de Invierno, sino con una guerra de posición, una larga batalla en las trincheras de la sociedad civil: la escuela, el barrio, el sindicato, la cultura, los medios.

De Fidel aprendemos la terquedad heroica: la capacidad de sostener una revolución pequeña y asediada frente al imperio más poderoso de la historia, durante más de sesenta años, con dignidad y con proyecto; la lección de que la resistencia no es un paréntesis, sino una forma de construir.

Hilar fino es difícil. Lo dijimos. Pero no hay alternativa: quien no hila fino, se rompe. La consigna no es elegir entre la pureza y la eficacia, sino encontrar, cada día, la línea justa que une la firmeza de los principios con la inteligencia de los medios.

Eso exige cabeza fría, oído atento, paciencia de tejedor y audacia de combatiente. Exige, sobre todo, no confundir el chubasco con el fin del mundo: la tormenta es real, pero las tormentas pasan.

VIII. La lección del monzón: Ho Chi Minh y la guerra prolongada

Y aquí hay que pedir ayuda a Ho Chi Minh. Porque el nuestro no es un chubasco cualquiera: es un monzón. Lluvias torrenciales, inundaciones, y encima el bombardeo con fuego de napalm. Así se combatía en Vietnam. Y así, tantas veces, se combate entre nosotros.

La lección del monzón es la lección de la guerra prolongada. Ho Chi Minh y el pueblo vietnamita nos enseñaron que un pueblo débil, mal armado, puede derrotar a un imperio si sabe librar una guerra de otro tipo: paciente, silenciosa, enraizada en las masas.

Nos enseñaron las tácticas de la lucha silenciosa: no gritar más de lo necesario, no exhibir las fuerzas antes de tiempo, sembrar en silencio, esperar el momento. Nos enseñaron que la fuerza no se mide por el ruido, sino por las raíces: un árbol que crece en la tormenta resiste porque está hondamente arraigado en su tierra.

Nos enseñaron, sobre todo, que se puede combatir bajo el fuego. Bajo los bombardeos, en los túneles, en las aldeas arrasadas, en medio de las inundaciones, el pueblo vietnamita no dejó de luchar, no dejó de organizarse, no dejó de creer.

Y venció. Venció a Francia. Venció a Estados Unidos. Venció no porque fuera más fuerte, sino porque tenía algo que el enemigo no podía comprar ni bombardear: la convicción de la victoria, enraizada en el pueblo.

El monzón no es una excusa para no luchar: es la condición misma de nuestra lucha. Aprendamos a movernos en él. Aprendamos a hilar fino bajo el agua. Aprendamos que la tormenta, para quien está enraizado, también es abono.

IX. Convicción de victoria: la moral revolucionaria

Llegamos al centro de todo. La convicción de victoria no es optimismo; no es la fe ingenua de quien no ha visto la derrota.

Es una certeza científica, fundada en el materialismo histórico: la certeza de que las contradicciones del capital lo condenan, de que la explotación engendra su propio sepulturero, de que la historia —aunque avance en zigzag, aunque retroceda, aunque sangre— marcha hacia la liberación de los oprimidos.

Esa certeza es lo que permitió al pueblo vietnamita resistir la tortura y la muerte de compañeros cada día. Es lo que permitió a los cubanos sostener el bloqueo. Es lo que permitió a los comunistas chinos sobrevivir a la Larga Marcha.

Es lo que, en cada rincón de Nuestra América, permite a un dirigente popular, a una madre de un desaparecido, a un joven perseguido, levantarse cada mañana sabiendo que el enemigo es poderoso, pero no eterno.

La convicción de victoria es, en el fondo, una cuestión moral y también práctica: es el factor que decide las batallas cuando las fuerzas materiales están equilibradas o en contra.

Un combatiente convencido de que vencerá resiste lo que no resiste un mercenario; una organización convencida de que su causa es justa aguanta lo que no aguanta una que solo busca sobrevivir. El Che lo dijo de otro modo: lo importante no es cuántos somos, sino cuánta convicción tenemos. Giap lo demostró en el terreno: la moral es un arma.

No se trata de negar el dolor. La tortura existe; las muertes de compañeros existen; el miedo existe. Se trata de no rendirse ante ellos. Se trata de transformar el dolor en fuerza, la ausencia en memoria, la muerte en compromiso.

Cada compañero caído no es una razón para retirarse, sino una razón más para continuar. Esa es la moral revolucionaria: la que sabe que la victoria no se regala, se conquista; que no se espera, se construye.

X. Tesis para la acción

De todo lo anterior, extraigamos algunas tesis para el trabajo militante:

  1. La batalla por la subjetividad es batalla central. No basta con tener razón: hay que construir hegemonía. Trabajar en la cultura, en la escuela, en el barrio, en los medios alternativos, en la formación política de las bases.
  2. Unidad y amplitud, sin diluir el proyecto. Construir los frentes más amplios posibles —contra el fascismo caben muchos—, pero sin confundir la táctica con el objetivo. El frente amplio no es la renuncia al socialismo.
  3. Lucha en dos frentes. Contra el reformismo y la tibieza; contra el sectarismo y el aventurerismo. La línea justa se conquista cada día.
  4. Realismo sin fatalismo. Medir las fuerzas con exactitud, elegir las formas de lucha adecuadas, no confundir los deseos con la realidad. Pero sin caer en el derrotismo: el enemigo también tiene debilidades.
  5. Enraizamiento en las masas. Como el árbol en la tormenta. Sin base social, cualquier táctica es una hoja al viento.
  6. La organización lo es todo. Sin organización revolucionaria —disciplinada, formada, flexible— no hay estrategia posible. La espontaneidad sola no vence.
  7. Paciencia estratégica y audacia táctica. Guerra prolongada, sin aventuras; pero con la audacia de aprovechar cada oportunidad, cada grieta del enemigo, cada despertar popular.
  8. Internacionalismo. Nuestra lucha es parte de la lucha mundial contra el imperialismo. Honduras, Palestina, Cuba, Vietnam: una sola trinchera.
  9. Convicción de victoria. El arma que no se compra ni se bombardea. La certeza de que, al final, la historia está de nuestro lado.

Palabras finales

No prometemos tiempos fáciles. El Chubasco seguirá cayendo; los compañeros seguirán cayendo; la tortura y la calumnia no cesarán. Pero sabemos una cosa que el enemigo no sabe: sabemos cómo termina esta historia.

No porque seamos profetas, sino porque conocemos las leyes del movimiento de la sociedad. El capital engendra su propia crisis; la opresión engendra la rebeldía; la rebeldía, organizada y consciente, engendra la revolución.

Convicción de victoria. No como consigna, sino como método. No como fe, sino como ciencia. Hilando fino bajo el chubasco, con la paciencia del monzón y la terquedad del bambú que se dobla pero no se quiebra.

Que nadie nos diga que es imposible. Llevamos siglos demostrando lo contrario.

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